Carlos Rottemberg, 50 años de teatro: “El teatro existe porque hay público”

El histórico productor, que prefiere definirse como “teatrista”, acaba de cumplir medio siglo dedicado a la actividad. En su nuevo libro, Pasen y lean, repasa recuerdos, anécdotas y reflexiones que exceden su propia trayectoria y funcionan también como una mirada sobre los últimos 50 años de la Argentina, atravesados por dictaduras, crisis económicas, cambios culturales y transformaciones sociales.

Hay números que hablan por sí solos: 1.018 espectáculos estrenados, más de 140.000 funciones y algo más de 22 millones de entradas vendidas. Carlos Rottemberg es, además, propietario de siete edificios teatrales —cuatro en la Ciudad de Buenos Aires y tres en Mar del Plata— que reúnen 16 salas.

Pero si hay algo que define al histórico productor teatral no son solamente las cifras, sino su defensa sostenida de la actividad cultural argentina. A lo largo de cinco décadas, Rottemberg construyó una trayectoria marcada por la producción, la administración de salas y, sobre todo, por una concepción del teatro como una actividad que necesita diálogo, público, inversión y capacidad de adaptación para sobrevivir.

Buena parte de esa mirada quedó plasmada en Pasen y lean (Ed. Losada), el libro que acaba de publicar y en el que reúne, sin demasiadas reglas ni correcciones políticas, ideas, situaciones, anécdotas, recuerdos y reflexiones acumuladas durante medio siglo.

El resultado es mucho más que la autobiografía de un hombre dedicado al teatro. A través de su experiencia aparecen también distintos momentos de la Argentina: dictaduras, pandemias, corralitos, crisis financieras y profundas transformaciones económicas y sociales. Todo contado desde el detrás de escena de la actividad teatral, pero también desde una mirada sobre los vínculos humanos, el éxito, el fracaso, la adaptación y los sueños.

“Hace casi 30 años había escrito No hay más localidades y, charlando con un periodista, me preguntó por qué no escribir otro en este nuevo aniversario. Es un libro un poco más jugado, en donde me animo a decir algunas cosas más políticamente incorrectas sobre lo que pienso y dije a lo largo de tanto tiempo”, cuenta Rottemberg a Página/12.

El productor explica que el libro surgió de grabaciones que realizó con su teléfono y que luego fueron transcriptas y corregidas. “Como no soy escritor, armé el libro en base a grabaciones que fui tomando en mi teléfono, que luego transcribí y pulí. Tal vez por eso, al leerlo, me pueden escuchar hablar a mí, que me parecía más auténtico y natural”, señala.

La única participación externa, agrega, fueron los prólogos de Luis Brandoni y de la periodista Laura Ventura.

—¿Es un libro a viva voz?

—Me di cuenta de que tuve una cámara y un micrófono metido en la oficina. Mi sensación fue que todo lo que se dice en la oficina, con artistas, productores, directores y con el propio equipo de trabajo, se había vuelto letras en el libro. Por eso me parece que es un libro honesto. Y me parece honesto porque, sin ofender, también dice unas cuantas cosas y entre líneas que no son las que usualmente se dicen para afuera. También hay autocrítica y está planteado lo que uno cree sobre la actividad para tratar de defenderla y que siga girando la rueda.

—Alcanzaste los 50 años como teatrista. ¿Cambió mucho la actividad teatral en este medio siglo?

—En el libro cuento que hasta 2010 sentía que cada cinco años podía encarar, producto del acompañamiento del público, una nueva inversión: una reforma importante en una sala o, fundamentalmente, construir algún teatro más. Si pienso en estos últimos 16 años, veo que desde que pude crear el Teatro Bristol de Mar del Plata, lo único que logré hacer fue la reconversión del Tabarís en 2018, transformando una sala en tres. Es poco en relación con el promedio de compras y renovaciones de salas que traía antes.

Ese es un primer indicio de cómo está funcionando la actividad en los últimos años. Y mi gran preocupación hoy sobre el teatro tiene que ver con la falta de ficción televisiva, tanto desde el sector privado como desde el público, y cómo eso va a repercutir en el teatro industrial a futuro, ante la posibilidad de perder figuras populares convocantes.

—¿Cuál sentís que es tu mayor satisfacción?

—Cuando leí la contratapa del libro, que normalmente escribe la editorial, me gustó mucho el último párrafo, que responde a uno de los apartados titulado “Carlitos”. Hace mucho que vengo sosteniendo que nunca pude ser el “Señor Rottemberg”, por suerte. Era “Carlitos” cuando empecé, saliendo de la adolescencia, y sigo siendo “Carlitos” cincuenta años después.

Y eso para mí es un gran piropo, porque resume lo que creo y quiero: nunca olvidar cómo fue la vocación, de dónde provengo, cómo la desarrollo y cómo la pienso a futuro. Tal vez por haberme preocupado a los 18 años en pensarla 20 años después es que hoy puedo cumplir 50, y tal vez por eso sigo pensando en 20 años más adelante, sabiendo que ya no será para mí.

Soy teatrista por vía endovenosa. Los teatros son el lugar donde se desarrolla el hecho teatral, los edificios hacen al acervo cultural y sobreviven a las personas y a las empresas.

—¿Por qué cree que, pese a los cambios culturales y las nuevas tecnologías, el teatro sigue siendo una actividad cuyo consumo no cae como ocurre con otras expresiones artísticas?

—El teatro es presencial, es irrepetible, es imperfecto, pero guarda bases sólidas de talento en un texto, dirección y actuación. Creo que justamente por eso funciona y no se convirtió en una moda pasajera. Todo lo que intenta reemplazar eso pertenece, en realidad, a otro lenguaje. El teatro no es una pantalla exaltada; juega en otra liga.

El teatro, como cualquier actividad, también necesita renovación, pero no a cualquier precio. ¿El streaming o las plataformas reemplazan a la ficción? Hasta ahora, incomparable. Ni en cantidad ni en alcance. De hecho, hasta el momento no apareció ningún artista iniciado en el streaming que haya sostenido una temporada teatral industrial en la avenida Corrientes.

No hay temporada asegurada ni éxito garantizado. Lo más difícil —y lo más sano— es asumir el lugar que a cada uno le toca en este nuevo partido. Sin nostalgia excesiva, sin resistencia inútil. Entender que el tiempo también juega.

Al final, todo se ordena en una idea bastante simple: el teatro existe porque hay público. No por nostalgia, no por prestigio, no por obligación cultural. Si la gente decide salir de su casa y sentarse en una butaca, el teatro tiene sentido.

—A nivel personal, más allá de las entradas vendidas, ¿qué obra fue tu mayor satisfacción como teatrista? Si tuvieras el presupuesto que quisieras y libertad absoluta, ¿qué obra mantendrías indefinidamente en cartel?

—Históricamente tomé una obra como el emblema del teatro argentino. Fue el 1° de enero de 1986 cuando estrenamos mundialmente Made in Lanús, en su primera versión en Mar del Plata, justamente en esa ciudad y con una obra como esa.

Habíamos salido de la dictadura y estrenamos ese excepcional texto de Nelly Fernández Tiscornia, que lamentablemente no perdió actualidad, interpretado por Luis Brandoni, Marta Bianchi, Leonor Manso y Patricio Contreras.

Es un texto que tiene esa bajada artística a la platea que siempre me impactó. ¡La conmoción real que se produce en cada función! Y acompañó un éxito comercial impresionante que hasta derivó en una película.

Siempre tomé esa obra como un enorme ejemplo de aquel teatro, de aquellos actores, de aquella autora y de la taquilla, que permite que la rueda siga girando.

—¿Por qué preferís definirte como teatrista y no como empresario? ¿Qué lugar ocupan el dinero y la cultura en tu profesión?

—Siempre dije que para dedicarse a esta profesión, antes que empresario hay que ser teatrista. Soy empresario, pero antes teatrista. Y también dije, sin serlo, que antes que teatrista hay que ser psicólogo, por aquello de saber leer las entrelíneas, de interpretar a nuestra materia prima, que no es mercadería, como lo digo en el libro.

El mayor mito es creer que es un ambiente donde convive mucha gente con muchas locuras. No. Creo que ahí se confunde mucho el teatro y los artistas talentosos de teatro, los teatreros, con lo que tiene que ver con la farándula, el escándalo y lo que llega de manera más masiva al público.

Hay algo de mito en relación con las vidas privadas y con la necesidad de exponer situaciones personales que no tienen nada que ver con hacer teatro.

—En el libro señalás que en estos 50 años nunca recibiste apoyo estatal directo. Más allá de eso, ¿cuánto influyen las políticas económicas y culturales de los gobiernos en la actividad?

—Yo soy muy claro: soy privado al 100%, pero defiendo a ultranza la inversión en cultura que debe hacer el Estado. Lo dije siempre, di ejemplos y, como también me reitero año tras año, si nos llenamos la boca, incluso los funcionarios, diciendo que Buenos Aires es la capital teatral del mundo, que tiene más teatros independientes que Nueva York y Londres, si eso sucede es porque desde 1998 se potenció la actividad a partir de la creación del Instituto Nacional del Teatro.

Si Graciela Borges pudo hacer tantas y tan buenas películas, seguramente mucho tuvo que ver la cantidad de créditos que se consiguieron para hacerlas por parte del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales. Y si algunos músicos tuvieron instrumentos que luego les permitieron convertirse en embajadores de la Argentina, como Astor Piazzolla, fue por algún préstamo o subsidio del Fondo Nacional de las Artes.

Entonces, la inversión en cultura por parte del Estado me parece una obligación, que es muy distinto a que el privado, como yo, se beneficie de eso. Una cosa es que la sociedad financie la cultura —algo que considero necesario— y otra muy distinta es que termine financiando el negocio de un privado.

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